Cuando tocas el violín, tu sonido es tu voz

¿Te imaginas a un actor al que no le gustase su voz? No estamos hablando del timbre, ni de los aspectos puramente físicos del sonido de tu violín, estamos hablando de tu capacidad expresiva para adaptarte a la interpretación de cualquier pieza.

Sigamos imaginando que ese actor tuviera problemas a la hora de pronunciar una determinada palabra. trabajaría de modo incasable hasta conseguir una buena pronunciación. Consigue al fin vocalizar y tener una perfecta dicción. Ya no se traba al decir “pretecnológico” “pleistoceno” ni “recalcitrante”.
Para un violinista eso se traduce en trabajar el reparto de arco, el agarre, la presión, la velocidad, los distintos golpes, la digitación y todos los demás aspectos técnicos de la producción del sonido (y la calidad del mismo) con su instrumento.

Ahora bien, que un actor pronuncie bien cada palabra no le asegura una actuación sentida y creíble. Un actor no es buen actor solo por su pronunciación.  El violinista, para ello necesita la conjunción  de una perfecta mano izquierda y su obediente mano derecha. Conseguirá pronunciar a la perfección pero tendrá que adquirir la capacidad de transmitir algo más que lo estrictamente escrito en la partitura.
Aquí al trabajo puramente “físico” le añade el trabaja “espiritual” del conocimiento de la obra y sus circunstancias, el entendimiento de épocas, géneros y autores. Ello conduce a la interiorización del repertorio.
Es difícil (y caro) encontrar alguien que te ayude y te oriente para poder mejorar en estos aspectos. Tenemos que convertirnos en el mas malvado de los críticos, cultivar nuestra actitud y centrar nuestro foco atendiendo a las demás cosas que tendemos a olvidar en el estudio. Debemos dedicar tiempo y esfuerzo a desarrollar nuestro propio estilo, buscando resortes en nuestro interior que nos lleven a una interpretación, quizás no tan técnica, pero sí, más expresiva.  Dedica tiempo a la improvisación, a la interpretación de versiones libres de obras conocidas, a la adaptación de músicas populares; en definitiva, traduce a tu idioma, sin injerencias, sin mas consejo que el de tu espíritu crítico, juega a ser el músico que quieres ser.
Una vez conseguido, la alquimia consistirá en  unir técnica y expresividad en las dosis perfectas para no terminar “prostituyendo” la obra pero que a la vez nuestra interpretación no sea tan plana y tan asépticamente ortodoxa que no nos diferenciemos en nada de una programación midi ejecutada por un teclado polifónico. Desarrollaremos nuestro sonido, nuestra “voz”, mucho mas allá del timbre de nuestro instrumento. Tendremos nuestros dejes, nuestras inflexiones, nuestros acentos, nuestros tics y nuestro propio vocabulario que nos harán reconocibles por encima de la propia obra.

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