Nos referimos sin duda a la viola de arco medieval,  a su primo el rebec o rabel, a la vihuela de arco, la fidula, la viela o la giga… que, pese a quien pese todos estos instrumentos, son lo mismo en distintas modalidades.

No busquemos la estandarización en una visión  lógica y simplista del siglo XXI, cada artesano, e incluso llevándolo más lejos cada músico, investigaba, modificaba, inventaba, añadía y adaptaba a su antojo y según sus necesidades. Así vemos cuerpos ovalados, violaochavados, ojivales, cuadrados, trapezoidales, con cinturas pronunciadas… diapasones sobreelevados, batidores planos, curvos, enrasados con la caja; con tapas de maderas, de piel, con cordal, sin ellos, con dos a seis cuerdas, con cuerdas para pulsar añadidas a un lateral. Dependerá de los usos y costumbres de cada zona, de los materiales disponibles, de las habilidades de cada artesano, de las peticiones del músico…
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Todas ellas tienen una característica común: son de cuerda frotada pero según el tamaño se apoyaban en el hombro, en el brazo, en el pecho o se tocaban sentados, sujetos entre las rodillas o apoyados en el muslo. Tenían o no tenían trastes.
¡Que nos empeñamos en decir que si esto es rebec y aquello viola, que esto fídula y aquello giga!  Nos equivocaremos, pues son convencionalismos, nombres adoptados a posteriori. Así llamamos rabel a aquel instrumento  de construcción burda, con dos o tres cuerdas, con o sin cordal, con o sin batidor elevado… al final cualquier viola puede ser un rabel, aunque llamemos viola a algo muy distinto de lo que consideramos rabel, pero es porque lo vemos desde el prisma de nuestro conocimiento, en el que no concebimos que cosas tan distintas puedan ser, en origen, lo mismo.

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En fin, una vez que ha quedado claro que no sabemos exactamente como es, pues puede ser de cientos de formas distintas y seguir siendo lo mismo ¿podremos al menos saber como suena? sin duda sí, pero cada modelo aportará sus matices. Desde el rabel cántabro (o bandurria que también se le llamaba) hecho por un pastor  con un trozo de madera de cerezo o nogal y una tapa de una lata de dulce de membrillo, hasta la reconstrucción “organológicamente perfecta” salida de manos de algún reputado luthier consagrado a la investigación de los registros iconográficos del románico español… Ambos sonarán a lo mismo y a la vez tan distinto.

 

 

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